martes, 16 de diciembre de 2008

ENPRESARIOS RICOS.....

EMPRESARIOS RICOS, EMPRESAS POBRES



Por Enrico Udenio (*)



“Hablaban un día de las penas del infierno en presencia del fabulista La Fontaine y él dijo: -¡Bah! Siempre habrá alguien que se acostumbre a ellas y al cabo de un tiempo estará allí como un pez en el agua.”

Anécdota extraída del libro Historia de la Historia (Círculo)(1984), de Carlos Fisas



Un mes atrás, el ministro de hacienda de Brasil, Guido Mantega, dijo: ”Es cierto que se vive una guerra financiera mundial y está claro que la crisis tendrá graves consecuencias en Brasil pero debemos continuar abiertos y mantener la actividad globalizada, porque eso es beneficioso para todos los países. El proteccionismo* fue lo que derivó en la crisis de 1929, cuando los países se cerraron”. (*Nota del autor: Se denomina así a la corriente de pensamiento económico que propone la restricción de las importaciones mediante la aplicación de altas tarifas aduaneras o la subvaluación de la moneda, con el objeto de proteger la producción nativa frente a la competencia exterior)



A contrapelo de esta declaración, la mayoría de los más altos dirigentes empresariales argentinos presionan al gobierno nacional para que devalúe la moneda con el argumento de que la actual devaluación de la moneda brasilera saca de competencia a la industria argentina. Cuando afirman esto, los argentinos no hacen ninguna mención a que Brasil sufrió durante los últimos años una fuerte revaluación de su moneda, lo que en términos económicos significó consecuencias terribles para su industria. Recordemos que, en el año 2003, Brasil tenía un cambio monetario de casi 3 reales por dólar, y que en el 2007 llegó a 1,68 reales por dólar. A pesar de que este terremoto cambiario determinaba que todos sus productos industriales pasaban a costar, en dólares, casi un 80% más, Brasil logró aumentar sus exportaciones a más del 50%. ¿Cómo lo hizo?



Es que los empresarios brasileros tienen una génesis muy diferente a la de los argentinos. A pesar de que poseen un mercado interno formidable gracias a sus casi doscientos millones de habitantes, aprovecharon las protecciones aduaneras para potenciar sus propias industrias con la mira de ubicarlas como competidoras en el mercado mundial.



En cambio, los empresarios argentinos siempre utilizaron los momentos de fuerte protección industrial, sean los favorecidos por elevados derechos aduaneros o por un cambio monetario subvaluado, para obtener los mayores beneficios posibles en lo personal. Cada vez que esta protección menguaba o desaparecía, comenzaban los llantos y las quejas por la “competencia desleal de los productos foráneos”.



Gran parte de los últimos sesenta años transcurrieron con altos niveles de protección industrial, pero pareciera que sólo sirvieron para dar mano de obra barata y para abultar en el exterior las cuentas bancarias en dólares de sus dueños.



El empresario medio argentino no es inocente de la pobreza del mercado local o la inexistencia de una industria exportadora.



Sin dudas que, el exceso de reglamentaciones que sirve de alimento para la corrupción de los funcionarios argentinos; los “precios máximos” que anulan el juego de la oferta y la demanda; las crónicas faltas de crédito para proyectos de desarrollo o la dificultad de los gobernantes para entender la importancia medular que tiene el rol del empresario en el sistema capitalista; explican, en una buena parte, la pobreza del mercado local o la inexistencia de una industria exportadora.



Pero de todo esto, el empresario medio argentino no es inocente. En definitiva, su idiosincrasia es la misma que la del resto de la población. El desorden, la predisposición al consumo en lugar del ahorro y la inversión, el individualismo, la desconfianza, el rechazo al riesgo, entre muchas otras peculiaridades del habitante del suelo argentino, forman parte también de sus características.



EL EMPRESARIO ARGENTINO



La industria argentina actual es fiel heredera del estilo de desarrollo promovido por el primer gobierno peronista (1945-1951): un fuerte impulso a la industria liviana sobre la base del proteccionismo económico.



Las posteriores dictaduras militares y los gobiernos de Arturo Frondizi y Arturo Illia, continuaron esta política sobre la base de la sustitución de importaciones. Este sistema productivo fue utilizado por Estados Unidos y Australia durante el siglo XIX y parte del XX, hasta que el crack de 1929 le dio fin. A partir de allí comenzó, en los países capitalistas de occidente, un proceso industrial más conectado a los mercados internacionales y con más posibilidades de competir en ellos, hasta su desembocadura en el actual mercado globalizado.



Mientras esto sucedía, la Argentina recorría su propia historia a contramano de las demás naciones. Desde su independencia y hasta el crack de 1929, no protegió bien a sus industrias regionales (a Buenos Aires no le interesaba) y a partir de la década del ’40 implementó políticas nacionalistas cerradas a la competencia internacional.



En mi antigua historia como empresario, tanto con mis propias ex industrias como en mi rol de asesor de comercio exterior a otras compañías, experimenté una marcada dificultad en hacer comprender al empresario argentino la importancia de competir en el mercado mundial. Durante décadas, el único interés comercial del industrial fue el mercado doméstico. Casi todos estaban engolosinados con la sobreprotección arancelaria estatal, la cual les permitía obtener grandes ganancias. Buena parte de éstas eran enviadas a cuentas bancarias en el exterior, en lugar de ser invertidas en desarrollos industriales que posibilitaran, en un futuro, exportar y competir internacionalmente. En su mayoría, rechazaban las inversiones de riesgo a mediano y largo plazo con una clásica reacción, palabras más palabras menos: “¿Este no es un país serio. En dónde pensás que estamos?”.



Un capitalismo con un empresariado que no arriesga su patrimonio y que, habitualmente, piensa en obtener ganancias provenientes del mercado local y amparado por eternizadas políticas proteccionistas, no genera crecimiento genuino para un país. Las industrias que se desarrollan bajo esta consigna generan mano de obra pero no pueden competir a nivel internacional y terminan siendo mantenidas por la población a través del pago de sobreprecios de enorme magnitud por productos desactualizados tecnológicamente. Se forman así mercados esclavos que resultan en pura ganancia para el dueño del negocio y pura pérdida para el consumidor.



El empresario argentino ha desarrollado una extraordinaria capacidad para aprovechar las alternativas que les presenta el cambiante panorama económico del país.



El empresario argentino que describo, ha desarrollado una extraordinaria capacidad para aprovechar las alternativas que les presenta el cambiante panorama económico.



Esta característica de volubilidad invalida las inversiones a largo plazo. Sin ellas, el excedente de los beneficios industriales especulativos obtenidos gracias a la sobreprotección aduanera o a la subvaluación de la moneda, se destinan al consumo suntuario de los propios empresarios y a acumularse en cuentas bancarias en el exterior. No creo que se presenten muchas dudas sobre este tópico pues, de no ser así, ¿a quiénes pertenecen los ciento cincuenta mil millones de dólares de dinero argentino que se calcula que está fuera del país? Seguramente que no a los jubilados, obreros o empleados. La burguesía comercial y empresarial nacional, los profesionales de altos ingresos, ejecutivos y por supuesto, los políticos y los sindicalistas corruptos, son los dueños de ese inmenso y desopilante caudal de dinero que es utilizado por otras naciones para su desarrollo.



LAS OPORTUNIDADES PERDIDAS



Lo que gran parte del pueblo desconoce, es que cada vez que el país ha tenido períodos en los cuales su moneda estuvo sobrevaluada (cambio monetario fijo, “tablita”, convertibilidad, etc.) ha desperdiciado el momento ideal para promover la expansión internacional de sus empresas nacionales. De la misma manera que se favorecen las inversiones del exterior en la Argentina cuando el dólar “está alto/subvaluado” (épocas en las que los extranjeros, con “pocos dólares compran mucho”), los empresarios argentinos pueden invertir en el exterior con mayor facilidad cuando el dólar “está bajo/sobrevaluado”, como fue la ocasión habida durante el período 1993-1999. En estas etapas, crear empresas en el extranjero costaba menos que abrir sucursales en el país. Algunas medianas y grandes compañías argentinas aprovecharon esta oportunidad y se convirtieron en multinacionales, pero fueron muy escasas. Lo común fue que muchos de los empresarios argentinos, en lugar de aprovechar la convertibilidad para desarrollar proyectos de internacionalización de sus empresas, decidieron desprenderse de sus compañías ante las jugosas ofertas de compra que recibían de inversores extranjeros.



Por supuesto, el tiempo terminó dándole la razón a los argentinos: cobraron fortunas que enviaron fuera del país mientras los inversionistas del exterior perdían parte de sus capitales a causa de la pesificación asimétrica. No es que hayan sido genios financieros, lo que sucede es que son expertos en desenvolverse dentro del caos. Han nacido como empresarios en él, en él se han enriquecido y no ven al mercado nacional tal como se lo enseña en el estudio del capitalismo. Las reglas internacionales de los mercados no tienen, generalmente, mucha aplicación en el nuestro.



LA ARGENTINA DEL CAPITAL SIN RIESGO



El ahorro de su población invertido en sus empresas o en emprendimientos comerciales o industriales para lograr una ganancia, implica siempre el riesgo de perderlo. Normalmente, gran parte de la población de una nación desarrollada utiliza la vía indirecta para la construcción del capital a partir de sus ahorros: los deposita en bancos cobrando intereses por ello. A su vez, estos bancos otorgan los créditos solicitados por empresarios que necesitan de ese capital para sus emprendimientos.



La más importante fuente individual de recursos para realizar nuevos negocios en los Estados Unidos y en Australia es la hipoteca sobre las propiedades del empresario, incluida su vivienda personal. Estos activos también pueden aportar una base para crear valores de representación (por ejemplo, bonos o acciones con respaldo hipotecario) que luego pueden ser vendidos en los mercados financieros secundarios. Mediante este proceso, los empresarios de estos dos países, así como los de las demás naciones desarrolladas, inyectan fondos en sus compañías y hacen valer con dinero efectivo a sus activos. De esta manera, obtienen el capital que necesitan para su crecimiento económico.



Por el contrario, el grueso del empresariado argentino se ha distinguido por evadir constantemente los riesgos de comprometer su patrimonio personal. Argentina ha sido, según una conocida frase, la nación de los “empresarios ricos de empresas pobres”.



La adhesión a la condición legal de la vivienda como “bien de familia” (inembargable y no ejecutable), ya es una “institución” instalada desde la promulgación de la Ley Nacional 14394 de principios de la década del ’60.



Los empresarios, en su mayoría, no se animaron a mirar mucho más allá de sus fronteras y se acomodaron a las cambiantes leyes locales para obtener grandes beneficios a costa del Estado y de su población.



Pero no todos los empresarios son esquivos al riesgo. Hay numerosos y talentosos argentinos que intentaron infructuosamente obtener capital arriesgando su patrimonio. La causa de su fracaso es muy sencilla de explicar: durante la mayor parte de las últimas cuatro décadas no existió en la Argentina un ahorro acumulado suficiente para la formación de capital. Esto no fue así por la inexistencia del dinero, sino porque éste se fugaba del país, acumulándose en los bancos del exterior.



La constante usurpación del dinero ajeno por parte del estado fue el principal motivo de este drenaje de capital. Las formas de agresión al ahorro utilizados por los diferentes gobiernos de turno fueron múltiples, aunque la inflación y las devaluaciones continuas que barrían con el valor real de la moneda, las enormes restricciones burocráticas al crédito y la poca seguridad jurídica para los bienes propietarios fueron los más determinantes.



Por supuesto que los empresarios no son los únicos responsables sociales del fracaso argentino. Las mafias sindicalistas que aún existen en nuestro país son en gran parte corresponsables de la decadencia industrial argentina (en la nota de la próxima semana me ocuparé de ello) pero, estoy convencido de que una importante carga le cabe a los empresarios que, en su mayoría, no se animaron a mirar mucho más allá de sus fronteras y se acomodaron a las cambiantes leyes locales para obtener grandes beneficios a costa del Estado y de su población.



(*) Enrico Udenio es autor de “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, Ugerman Ed.(2004); y “La hipocresía argentina”, Ed.DeLaRed, 2008.

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