LOS B UENOS
Revista Noticias - 22-Nov-08 - Opinión
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Tesis
La coalición de los buenos
Neo-alianza. Morales llevó a la UCR a un acuerdo electoral con Carrió, pero muchos de sus partidarios lo cuestionan.
por James Neilson
Cuando se ponen a filosofar sobre temas políticos, todos los dirigentes, incluyendo hasta al ex presidente Néstor Kirchner, dicen entender que lo que el país necesita más que nada es una oposición menos dispersa, una que sea capaz de ofrecer una alternativa genuina al oficialismo de turno. Tienen razón, ¿qué duda cabe?, puesto que sin una oposición que esté en condiciones de asumir la responsabilidad de gobernar, la opción frente a la ciudadanía seguirá siendo la resumida por la consigna "yo o el caos" que ha sido usada sucesivamente por una serie de dictadores militares, Raúl Alfonsín, Carlos Menem y, desde luego, Kirchner.
Así y todo, a esta altura nadie puede ignorar que los esfuerzos por superar las divisiones que mantienen agrietada la oposición suelen motivar más escepticismo que esperanza. Es lo que ha ocurrido con la "convergencia" de la Coalición Cívica y la Unión Cívica Radical que promueven sus respectivos jefes, Elisa Carrió y Gerardo Morales. A muchos les parece positiva en teoría, pero no pueden olvidar el destino desafortunado de un ensayo similar, el protagonizado por la Alianza. Por lo tanto, pocos se animan a apostar demasiado a su eventual éxito.
La cautela que sienten hasta aquellos que en buena lógica deberían apoyar la iniciativa puede entenderse. En la Argentina, organizar un movimiento, frente o coalición que además de ganar elecciones pueda gobernar de forma adecuada es una tarea ciclópea. Son tan grandes los problemas concretos que a muchos les es casi irresistible la tentación de replegarse hacia una fortaleza ideológica personal que les sirve de pretexto para limitarse a deplorar el estado del país sin sentirse obligados a procurar mejorarlo. Como resultado, aquí la política parece ser un oficio de naturaleza tan individualista que a sus practicantes les es imposible emular a sus equivalentes del mundo desarrollado. En efecto, están tan acostumbrados a luchas intestinas feroces dignas de una corte oriental que ni siquiera este aglutinante maravilloso que es el poder es capaz de garantizar la unidad. El PJ ha logrado solucionar el problema haciendo gala de un grado llamativo de elasticidad o, si se prefiere, pragmatismo, que le ha permitido sobrevivir a guerras internas brutales, pero ningún otro ha logrado seguir intacto durante mucho tiempo. No bien terminaron las elecciones del año pasado, parte de la tropa de Carrió la abandonó. En cuanto a la UCR, ya cuenta con tantas facciones irreconciliables -algunas enquistadas en el oficialismo, otras rabiosamente antikirchneristas- como el mismísimo PJ. Incluso cuentan con una encabezada por Julio Cobos que se las ha ingeniado para ser presidente en ejercicio durante la ausencia de Cristina y el líder más popular de la oposición.
No sólo los kirchneristas, cuyo interés en impedir que la oposición más o menos progre cierre filas es patente puesto que se saben en minoría, sino también muchos otros se afirman convencidos de que el destino desafortunado de la Alianza probó de una vez y para todas que en la Argentina, las coaliciones o frentes o convergencias electoralistas no pueden funcionar. Sin embargo, de ser así el país tendría que resignarse a muchos años más de gobierno netamente peronista puesto que por separado ni la Coalición Cívica ni la UCR estarán en condiciones de conseguir los votos suficientes como para desplazar al caudillo de origen provinciano de turno, en buena medida porque a pesar de sus diferencias compiten por el mismo sector social e ideológico.
Por su parte, los socialistas, los que en un país menos habituado a la fragmentación política que la Argentina también formarían parte de un amplio movimiento organizado equiparable con el PSOE o el laborismo británico, las perspectivas que enfrentan parecen igualmente modestas. Así y todo, Hermes Binner coincide con Raúl Alfonsín en que primero hay que resolver los problemas ideológicos. Dicha prioridad tiene su lógica, pero en vista de la capacidad de los políticos locales para exagerar el significado de tales asuntos -se trata de una manifestación del "narcisismo de las pequeñas diferencias" al que aludía Sigmund Freud-, insistir demasiado en ella haría imposible la formación de cualquier coalición centroizquierdista.
Para recuperarse del marasmo político en que el país se ha hundido, las distintas facciones opositoras tendrían que pensar un poco más en lo que tienen en común y menos en las particularidades, las que por lo general son de escasa importancia para quienes no militan en ninguna agrupación, que las mantienen alejadas. Por eso Carrió y Gerardo Morales decidieron que llegó la hora de intentar "la construcción de una alternativa electoral" de cara a los comicios legislativos del año que viene. Como no pudo ser de otra manera, la iniciativa molestó a algunos radicales celosos de la independencia de la UCR que están resueltos a defender su propio lugar en el laberíntico organigrama partidario; lograron que el ya casi beatificado Alfonsín firmara una carta en que criticó "la realización de frentes electorales que a veces nada tienen que ver con las respectivas posiciones ideológicas de los partidos".
Como fue de prever, el anuncio también dio pie a una embestida furibunda por parte de Kirchner que calificó a "esta nueva alianza" de "un sector de la nueva derecha argentina, que actúa más por resentimiento que por convicciones o ideas, que parece no tenerlas", para entonces atribuirle todos los males imputados a la Alianza de frepasistas y radicales.
Conforme a pautas menos excéntricas que las favorecidas por el presidente de facto, Carrió, Morales y sus eventuales socios, si estos pueden superar sus recelos tanto ideológicos como personales, están bien a la izquierda del gobierno actual, pero sucede que para los Kirchner cualquiera que se niega a rendirles pleitesía son forzosamente golpistas neoliberales que fantasean con el regreso del régimen militar. Es un planteo que la pareja procuró instalar, sin éxito alguno, cuando el conflicto con el campo. Con todo, los oficialistas no se equivocan por completo cuando comparan lo que están impulsando Carrió y ciertos radicales con la Alianza. La coalición así denominada surgió en reacción contra un gobierno que era considerado insólitamente corrupto y cínico encabezado por un caudillo provincial sin muchos escrúpulos. La razón fundamental para la formación de la Alianza no fue ideológica, como pretendían sus artífices, sino ética, ya que a mediados de los años noventa una proporción creciente de la población del país, en especial la urbana, se sentía asqueada por la inmoralidad que a su juicio era la característica más notable del gobierno. Lo mismo puede decirse de la aún embrionaria coalición.
El clima político actual no es muy distinto del imperante hace diez años. Según la denuncia que, luego de pactar con Morales, Carrió presentó ante la Justicia, Kirchner es jefe de una asociación ilícita de la que participan personajes como Julio De Vido, Ricardo Jaime, Claudio Uberti y varios empresarios, que entre otras cosas está saqueando al país y por lo tanto debería marchar preso. Aunque por razones comprensibles pocos están dispuestos a expresarse con tanta claridad como Lilita, la jefa de la Coalición Cívica dista de ser la única que piensa así del ex presidente y sus laderos.
Pero no sólo se trata del desprecio evidente del ex presidente -y de los muchos legisladores que insisten en colmar al Gobierno de superpoderes- por ciertas normas constitucionales o de nimiedades como su afán de seguir enriqueciéndose mediante maniobras inmobiliarias sospechosas. También hay motivos para temer que el manejo sumamente torpe de la economía por parte de los Kirchner en medio de una tormenta internacional de grandes proporciones esté llevando a la Argentina hacia otro desastre descomunal. Por lo demás, se teme que la voluntad del matrimonio gobernante de apropiarse de cada peso que anda suelto a fin de impedir que la caja se vacíe tenga consecuencias calamitosas en el futuro cercano. No es posible prever el curso que tome la economía mundial en los meses próximos, pero la caída precipitada de los precios de los commodities, la destrucción del ya enfermizo mercado de capitales local y el virtual boicot anunciado por las agencias crediticias multilaterales no contribuyen al optimismo. A Carrió siempre le ha gustado formular profecías apocalípticas, pero ni ella imaginó que antes de terminar el año el país se vería golpeado por un huracán económico planetario.
Si la Argentina fuera un país "normal", los Kirchner reconocerían que para enfrentar la emergencia que se aproxima les convendría contar con un gobierno de unidad nacional o, cuando menos, con uno respaldado por una gran coalición parecida a la alemana. Al fin y al cabo, Barack Obama ya ha "dialogado" con el rival al que derrotó después de una campaña electoral dura, John McCain, por querer que apoye sus esfuerzos por sacar a los Estados Unidos de la grave crisis que los amenaza. De más está decir que, si bien las instituciones argentinas se asemejan mucho a las norteamericanas que les sirvieron de modelo, la cultura política resultante es muy distinta. Allá, con escasas excepciones los dirigentes han sabido conformarse con dos partidos grandes; aquí, cualquiera que se precie intenta crear su propio partido personal






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