DE LA HISTORIA Y DEL PRESENTE
La Nación - 01-Nov-08 - Opinión
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De la historia y del presente
Por Rosendo Fraga
Para LA NACION
La historia es la condición necesaria pero no suficiente para el análisis político.
Sin ella no se puede comprender ni tomar dimensión de los problemas, pero reduciendo todo a ella se puede perder la capacidad de percibir los cambios. Es que si el futuro estuviese escrito en la historia, nunca habría cambios.
La crisis mundial nos ha mostrado hasta ahora cierto empeño en negar la historia, ya que la mayor parte del esfuerzo del pronóstico estuvo y está concentrado en mostrar las diferencias ?y no las similitudes o analogías? con lo que sucedió con la economía mundial setenta años atrás.
La palabra paradigma se ha transformado en clave en la primera década del siglo XXI, para tratar de explicar los fenómenos mundiales, como en la pasada sucedía con globalización. Quienes usan con frecuencia la primera deberían asumir que la mayoría de la gente no sabe qué significa y, en consecuencia, quienes comunican pueden estar aportando confusión. O la explican o la cambian, pero para llegar a las personas comunes, confundidas por una crisis como la de hoy, pienso que es una palabra que podría evitarse.
Los nuevos paradigmas eran la causa por la cual no podía repetirse una situación como la que se inició con la crisis financiera del año 1929 en los Estados Unidos.
Aceptando la historia, podemos comenzar por dimensionar lo que está sucediendo. El mundo sufre al mismo tiempo la crisis financiera más grave desde 1929, el conflicto estratégico más importante desde la caída del muro por los choques entre Rusia y la OTAN y entre China y los Estados Unidos por la venta de armas a Taiwan y, al mismo tiempo, los países del G7 tienen el liderazgo político más débil y desarticulado desde fines de la Segunda Guerra Mundial.
Esto no quiere decir que la economía de los Estados Unidos entra en una prolongada recesión y que recién saldrá de ésta dentro de diez años, con una Guerra Mundial, como sucedió entonces. Tampoco implica que el sufrimiento de la gente terminará generando regímenes totalitarios y autoritarios en muchos países de Europa, Asia y América latina, como sucedió setenta años atrás. No quiere decir que la Argentina y Brasil sufrirán un golpe militar el mismo mes, como tuvo lugar en septiembre de 1930, sin que la gente tomara real conciencia de que el malestar económico que sufría era más consecuencia de la crisis mundial que de la ineficacia de los gobiernos locales.
Pero la historia sirve para plantear que, si no se maneja bien la salida de la recesión mundial, hay un riesgo de depresión; que cuanto más impericia exista en el manejo de las consecuencias de la recesión, mayor riesgo de crisis política existirá en los diferentes países; que las tendencias proteccionistas aumentarán inevitablemente, adquiriendo mayor importancia las relaciones internacionales bilaterales y las políticas recíprocas.
Que la Argentina sufra menos que los Estados Unidos por una crisis de este tipo ya sucedió. El desempleo en los años treinta, en dicho país, alcanzó el 24%, y en la Argentina llegó al 14%. La depresión duró en los Estados Unidos hasta 1937 y, en cambio, en la Argentina la dura recesión fue superada dos años antes, en 1935, no sólo porque el gobierno del general Agustín P. Justo aplicó con intensidad una política keynesiana de aumento en la obra pública, intervención y regulación, sino también porque estuvo dispuesto a pagar el costo político del llamado Pacto Roca-Runciman, que mantuvo abierto el mercado para las carnes argentinas a costa de privilegiar las inversiones británicas en nuestro país.
Desde el punto de vista económico, la lección es clara: los errores que se cometieron transformaron la recesión en depresión y ello hoy puede evitarse.
En materia de relaciones internacionales, lo bilateral pasó a ser más importante y ello volverá a suceder. Estados Unidos, Rusia, China, India y la Unión Europea actuarán comercialmente de esta manera.
En lo político, sin un liderazgo firme y creíble, como el que surgió en los Estados Unidos con el triunfo de Roosevelt, a fines de 1932, no es posible resolver o por lo menos contener la crisis. ¿Será Obama el análogo de esta época?
En la coyuntura hay algo muy útil para tener en cuenta. En los Estados Unidos, la crisis le estalla en 1929 al presidente Hoover, quien sufre un fuerte desgaste político por ello. Roosevelt gana las elecciones a fines de 1932 y entonces se le plantea un dilema: cogobernar en la transición con un presidente muy desgastado, perdiendo popularidad, pero tratando de contener la crisis, o preservar su popularidad aun a costa de agravar la crisis que iba a enfrentar.
El presidente electo optó por preservar su popularidad, la crisis se agravó durante la transición bajo el mando de un presidente desgastado, sin poder real ni credibilidad y al poco tiempo de asumir Roosevelt cayó otra serie de bancos, reavivando la crisis.
Entre la elección y la asunción del nuevo presidente, en el sistema de los Estados Unidos median dos meses y medio. Es un tiempo eterno para la velocidad que tiene la crisis financiera internacional en estos momentos.
Es así como al presidente electo el 4 de noviembre, que asumirá el 20 de enero, se le planteará la misma disyuntiva: mantener incólume su popularidad sin cogobernar o hacerlo para evitar que la crisis se profundice, aun a riesgo de perder consenso antes de asumir.
El autor es director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría __._,_.___

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