lunes, 27 de octubre de 2008

A LOS BONAERENSES

26/10/2008



CARTA ABIERTA A LOS VECINOS BONAERENSES



Por Jesus Evaristo Scanavino (*)



“BAJAR LA EDAD DE IMPUTABILIDAD A LOS MENORES…”

Enunciados simplistas como este ya se han vuelto comunes en boca de nuestros gobernantes. Y es alarmante, porque cuando el más alto funcionario político del estado hace semejante reducción del problema, es porque pareciera que pretende esconder la escalofriante confesión de “no saber que hacer”.

Es verdad que los menores gozan de mayor impunidad que los mayores, y que los menores de ahora no son los de antes. Creo que correspondería sí bajar la edad de la imputabilidad. Pero ese no es el problema que genera inseguridad.

Es verdad también que los delincuentes mayores de edad, gozan de un gran margen de impunidad gracias a leyes permisivas inspiradas en pensamientos abolicionistas. Todos lo sabemos. Pero tampoco es, por si solo, generador de inseguridad.

La seguridad que genéricamente denominamos el mantenimiento del orden público, el cuidado de la vida, honra y bienes de los ciudadanos y del estado; previniendo y reprimiendo legítima y legalmente delitos y contravenciones, es una cuestión multidisciplinaria, donde la Policía, la Justicia y el Servicio Penitenciario integran, en ese orden, los tres últimos eslabones de una larga cadena. Obvio resulta entonces deducir, que conforme estos tres últimos organismos se ven recargados de trabajo, es porque en la misma medida, están fallando los eslabones anteriores. Es decir la calidad de la educación, la formación social, el tipo y calidad de construcción cívica de lo jóvenes; la salud; la justicia social y demás acciones de gobierno que hacen a la protección y calidad de vida de la célula familiar.

En este tramo de la extensa cadena de responsabilidad estatal, hace muchos años que los distintos gobiernos provinciales, casi criminalmente, miran para otro lado; y como resultado parcial, cada vez se agranda más la franja de resentidos sociales; y no me estoy refiriendo necesariamente a los conciudadanos pobres, como aquellos iluminados que pretendieron relacionar las conductas delictivas con la gente pobre. (¡No saben nada, no conocen la gente, nunca hablaron con un pobre!). Más un factor nuevo que empeora sustancialmente las cosas: la eliminación del servicio militar obligatorio, que mantenía a todo ese segmento de la juventud, contenido en un régimen que era eminentemente formativo, aunque perfectible. Hoy, muchos de esos jóvenes están en la calle, desocupados y sin apuro, mal entretenidos, incubando malos hábitos, dando los primeros pasos camino a la marginalidad, al submundo del delito.

Los gobiernos hacen poco o nada para evitar que esa juventud llegue inexorablemente a jurisdicción de la justicia, la policía y el servicio penitenciario. Por el contrario, cada día son más los arrojados, sin transición, a esta sobrecargada y deficiente maquinaria de “reciclaje” de personas, que además deben trabajar bajo un permanente cañoneo en sus líneas de flotación, proveniente de pseudo garantistas o abolicionistas, algunas organizaciones que dicen velar por los derechos humanos, políticos inescrupulosos y cuanto vividor sinvergüenza aprovecha la ocasión para sus propios intereses.

No voy a analizar la situación de la justicia porque no es mi especialidad, pero es evidente que no funciona eficientemente. Por la misma razón no voy a referirme a la problemática del Servicio Penitenciario, porque tiene sus propios expertos, pero a juzgar por los resultados los planes de readaptación no están siendo eficaces. Pero sí voy a dar una opinión simple, tan de sentido común como obvio, en lo concerniente a mis conocimientos de policía, que es para lo cual me preparé y trabaje toda una vida.

¿Puede la fuerza policial, por sí sola, mantener a raya a todo el universo delictivo, compuesto por: delincuentes potenciales (futuros), delincuentes activos y delincuentes egresando permanentemente de prisión, y que cada vez son más?

Podría si estuviese en aptitud plena de prevenir.

Para esta misión, la actividad policial esta dividida en dos grandes áreas. La Policía de Investigaciones y la Policía de Seguridad.

La primera, Investigaciones, conforme se viene apreciando en este año y según mi modesta opinión, gracias al enorme esfuerzo de sus integrantes, se desempeña con un buen nivel de eficiencia, aún sobrecargada de trabajo como está. Pero resulta que investigaciones, que es una actividad muy importante, actúa para el pasado. Igual que la Justicia. Es decir cuando el hecho ya se produjo. La comunidad valora los esclarecimientos y las detenciones, pero como consuelo. En todo caso, también para mitigar su natural necesidad de vindicta.

La segunda, la Policía de Seguridad, en cambio, actúa para el futuro. Es la que mediante técnicas elaboradas exclusivamente a partir de conocimientos empíricos, de sus efectivos con mayor experiencia, ya que no existe Facultad que enseñe el trabajo policial de calle, se ocupa de desarrollar distintas actividades de prevención, tendientes a que los hechos criminales no ocurran, o en todo caso ocurran lo menos posible. Es el sector de la policía que con sus efectivos convenientemente seleccionados y asignados, según su experiencia, deberían encargarse de desalentar el accionar de los delincuentes en la calle, detectándolos –inclusive- en la etapa predelictual, acosándolos permanentemente con controles callejeros, obligándolos a replegarse y cambiar de zona, con una actitud casi ofensiva, desafiante, que su presencia signifique un claro mensaje de firmeza y decisión de actuar a todo riesgo. Es decir “marcarles la cancha”, cualquiera sea la edad del delincuente, independientemente de las excarcelaciones, libertades anticipadas o pulseras; todo lo cual también se debería reconsiderar...

Esta parte de la policía, la de seguridad, es la que según su compromiso y grado de eficiencia, genera la mentada “sensación” de seguridad o inseguridad.

Y la policía hace ya diez años que no está en aptitud de prevenir. Esta es, en mi opinión, la causa principal de la inseguridad…

Al amparo de una arbitraria ley de emergencia, dictada en el contexto de lo que debió ser una necesaria y saludable reforma o actualización policial, y no una disolución y desguace como realmente ocurrió, fueron echados de la fuerza, en distintas tandas, miles de policías con experiencia, sin causa en su mayoría, con el argumento de las reformas organizativas. Muchos de ellos, la mayoría, correspondían al eliminado escalafón de suboficiales. Hombres que sabían detectar de lejos al mal viviente. Por sus movimiento y actitudes distinguían a un violador en las inmediaciones de un colegio; un carterista en la parada del colectivo; un auto robado o mellizo entre cientos en tránsito; una banda de asaltantes en los actos preparatorios o haciendo “inteligencia” en un blanco seleccionado; policías que conocían hasta las supersticiones de los maleantes, como dato adicional para predecir sus movimientos. Esos hombres, están en sus casas, retirados algunos con más suerte, otros desocupados, desperdiciados, mirando la tragedia por televisión.

En reemplazo de ellos, se incorporó mucha gente, miles, la mayoría con mucho entusiasmo y vocación, otros al solo efecto de obtener un empleo y obra social. Todos son empleados públicos uniformados y armados, pero no todos son policías, porque policía no es solamente la vestimenta y un arma. Y cada vez son menos. Los vemos por las calles, caminando distraídos con sus teléfonos celulares, o en los patrulleros, todos jóvenes, ningún experto entrado en años; algunos se parecen mas a tripulantes de un cortejo fúnebre que a policías patrullando intentando detectar criminales. Bandas completas de delincuentes armados hasta los dientes, pasan frente a sus narices. Ellos mismos nos cuentan confidencialmente. En algunos casos ni se percaten, en otros prefieren no verlos. Es que la legislación vigente mantiene a los uniformados encorsetados y limitados en un angosto campo de acción, que por la naturaleza y complejidad del trabajo policial, lo expone, permanentemente, a la desocupación o a la cárcel si da un paso de más, o al cementerio si da un paso de menos. Ante semejante disyuntiva, lo más saludable es mirar el reloj y sumar días para la jubilación, dicen con sorprendente resignación los jóvenes oficiales.

Es que en esas condiciones de trabajo, además mal pagos y cansados de horas extras, no se puede aspirar a mucho más de estos hombres, que también son padres de familia, con todo su bagaje de problemas perpetuos, como todo trabajador que le ha tocado en suerte nacer y vivir en esta parte del mundo..

Otra de las dañinas medidas arslanianas, fue la infeliz idea de eliminar los Comandos Radioeléctricos. Eran organismos que debían ser mejorados, sin duda, y depurarlos de algunos malos elementos que también había, pero nunca disueltos. Ciudades como La Plata y Mar del Plata pueden dar fe de la efectividad de estos cuerpos.

Era la policía específicamente preventiva. Exentos de actividades como custodias, acarreos de presos o expedientes, traslados de jueces o fiscales. Solamente estaba al servicio de los llamados de los vecinos y constantes patrullajes por todos los barrios. Que llegaba raudamente al lugar del hecho en apoyo de la victima; la policía que salvaba a la mujer del violador; la que interceptaba el automóvil recién robado; la que evitaba el secuestro de personas; la que asistía a una parturienta o auxiliaba a un infartado; la que en su recorrida recogía al menor abandonado; la que tocaba timbre para alertar que una ventana de la casa estaba mal cerrada; la que hacía un alto hasta que el vecino guardara el auto; era la policía que siempre estaba y con un experto y aplacado suboficial solucionaba los mas variados problemas. En fin, era el Estado presente.

En los discursos se habla en abstracto de la inseguridad; de la profesionalización de los policías; de los medios logísticos; de que tienen que estar bien pagos; de la organización; de la conducción; de echar a los malos; de Foros que evaluarán el rendimiento del personal; que no habrá mas purgas masivas; y de terminar con la ley de emergencia, que finalmente se prorrogó. Ahora de reformas procesales, etc. A los seres humanos, uniformados, a los que se les pide que se hagan matar si es necesario: se les dedica malos tratos, indiferencia a sus necesidades, acusaciones al voleo…

Desde la Asociación Profesional de Policías de la Pcia de Bs. As (Apropoba) hemos dichos, una y otra vez, que con palabras no alcanza. Hechos concretos y comprobables hacen falta para que la policía vuelva a trabajar con entusiasmo, a destajo y a todo riesgo, para que el temor que padecemos los vecinos se transfiera a los delincuentes.

Y reiteramos, que la mejor profesionalización que imaginen; los mejores patrulleros y pertrechos; los mejores sueldos; los mejores planes operativos; la mejor política de seguridad que se pueda elaborar; el armamento más sofisticado que se les provea; los aumentos de pena; la reducción de la edad de imputabilidad que acaba de plantear el gobernador; las reformas procesales. Todo, absolutamente todo, servirá de muy poco o nada si, previamente, no se deroga la maldita ley de emergencia que priva de la estabilidad laboral a los policías; si no se satisfacen las reivindicaciones de los miles que arbitrariamente fueron retirados anticipadamente o echados sin causa; si no se reconstruyen los escalafones de la carrera que permita normalizar los ascensos según antigüedad y calificación de capacidad; si no se reimplanta el antiguo régimen disciplinario; si no se atienden convenientemente a los familiares de los caídos; o si siguen abandonando a su suerte a los heridos en actos de servicio. Y nada servirá tampoco, si no se rearma moralmente a quienes se ha ultrajado injustamente y sin contemplaciones durante toda la última década.-

No se puede ser tan infantil de esperar que un hombre salga a trabajar tranquilo, con entusiasmo y dedicación, auto exponiéndose a un mayor riesgo de su propia vida, de su libertad o de su fuente de trabajo, a la vez que se lo desacredita todo el tiempo; se lo pone ante la opinión pública como responsable de todos los males; no se le atiendes sus necesidades humanas; se los abandona sin son heridos; se le cercenan sus derechos laborales y constitucionales; con inestabilidad laboral; sin entrenamiento adecuado y sin reconocimiento.

La solución es sumamente difícil, porque al parecer –según se comenta- la mayoría de nuestros legisladores, que se pusieron de acuerdo solamente para destruir a la centenaria policía de la provincia, por razones puramente ideológicas, no están dispuestos a rectificar el rumbo, ni permitir que el Poder Ejecutivo lo haga. No quieren reconocer que el plan que apoyaron incondicionalmente al Dr. León Arslanián fue un dramático fracaso. No lo reconocerán. Parece que preferirían cualquier sacrificio antes que semejante confesión. Sacrificio de la gente común claro, no de ellos. Porque mientras continúen sosteniendo este desastroso experimento, continuará la matanza de vecinos y de policías que, pese a todo y como pueden, sacan fuerzas y asumen actitudes verdaderamente heroicas, que algún día la sociedad debería reconocer.

Mientras tanto la policía, desde el más alto Jefe al más humilde oficial, trabaja como puede, y espera. Espera que algún día el pueblo soberano advierta que se puede tolerar vivir con poco dinero; sin gasas en los hospitales; con escuelas deficientes; con inflación y bajos sueldos; pero que no se puede, y es inaceptable, vivir con miedo, encerrado, en libertad condicional, como estamos hoy. Y cuando reaccione, que defina de una buena vez el rol de su policía. Si va a terminar aceptando una agrupación de puntillosos y burocráticos empleados públicos uniformados e indisciplinados, de esos que son incapaces de arriesgar un milímetro más allá de los limites que imponen los sistemas mediocres, siempre partidarios de lo “políticamente correcto”; o si, en cambio, pretende una policía como fue, firme, con toda la fuerza de la ley -no de mano dura-; integrada por mujeres y hombres intrépidos, altruistas, estimulados y dispuestos a cualquier sacrificio, en el riesgoso oficio de construir y mantener, todos los días y todas las noches, el marco de seguridad necesario para el normal desarrollo de la comunidad.. Sin seguridad la comunidad no se desarrolla; no se puede trabajar ni producir riquezas; no se puede enseñar ni aprender; ni siquiera ejercer el derecho de ser libre.

Los funcionarios del gobierno provincial actual, de cuya honorabilidad y buenas intenciones no dudo, tienen la obligación de escuchar mejor al pueblo y saber distinguir las diferentes voces. El soberano, mayoritariamente viene reclamando hace años por la explosión de inseguridad que se inició allá por el año 1998, no por casualidad cuando se inician las nefastas reformas, policial, reforma procesal penal y reforma judicial. Se debería escuchar la voz de la sociedad que esta en las calles, pidiendo a gritos, un compromiso con el bien común de los ciudadanos; y no las voces grandilocuentes, interesadas en reformas teñidas de ciertas ideologías, que solo terminan beneficiando a sectores minúsculos y marginales; o a otras personas que, con la inseguridad, obtienen suculentos beneficios personales, políticos y hasta económicos, como hasta la fecha.

(*) Jesús Evaristo Scanavino es Comisario (R.A.) y Secretario de Organización de la Asociación Profesional de Policías de la Provincia de Buenos Aires.

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